En el año 2017 azarosamente me encontré con Claudio Martínez Bel en la línea B del subte. Me senté a su lado y le pregunté: ¿a cuánto el morrón? sonrió y juntos charlamos sobre Terrenal y sobre Mauricio Kartun. Recuerdo que él remarcó varias veces que Kartun  aparte de un maestro era un tipo generoso, compañero y leal. Lo decía con la mirada de los que cuentan algo asombroso y yo quedé sorprendida ante el cariño que se transmitía. Llegamos a 9 de julio y nos despedimos. Él se iba al Teatro del Pueblo y yo a tomarme el subte que me devuelva a la estación Medrano, porque “me pasé” y tenía que retornar a mi hogar. Hoy entendí por qué Claudio hablaba así.

Mauricio me invitó a que la charla sea en su casa y me recibió cálidamente. Te agasaja, te da tiempo y se lo da a él también, porque todo aquello que responde tiene compromiso consigo mismo y con los otros. Hace preguntas para que uno pueda instalarse, sentirse cómodo mientras él también transita la búsqueda. Hay un momento en el cual lo conseguimos. Dispuesto a que juntos encontremos un lugar propone dos sillones y yo elijo uno. Me cuenta que el que él está usando es su sillón de escritura, decidió comprarlo luego de los dolores de cervicales que le generaba la silla de su escritorio. Revela que lo eligió porque recordó que un lugar cómodo para él eran los asientos de micro. De repente, dicho asiento color corteza de árbol cual transformer comenzó a modificarse. Caen los apoyabrazos, el respaldo se reclina y una parte por debajo se extiende para apoyar los pies. Realmente es el asiento de un micro semicama, amplio, mullidito y conveniente para su tarea. Mientras esto acontece Kartun reclina su cabeza hacía atrás y se ríe a carcajadas, se ríe con el cuerpo, con los ojos. 

¿Quién es Mauricio Kartun? le pregunto y comienza nuestro viaje.

-Bueno habría que dividir el ser del hacer. En el ser no me animo y en todo caso sería un acto de omnipotencia tratar de definirse en palabras. En el hacer te diría que es alguien que encontró una especie de torbellino energético muy poderoso y muy gozoso que es escribir, dirigir y enseñar teatro, en una especie de sinfín que se va retroalimentando. Yo creo mucho en el concepto del fluido, fluir como fuente de casi todo, entre otras cosas de la felicidad. No hay otra felicidad que no venga de estar tomado por esa energía y ser llevado por ella en estado de entusiasmo. A mí esta rueda me lo produce. De hecho buena parte de los esfuerzos de los últimos años han sido para librarme de todo lo que no tenía que ver con eso.

LOS TIEMPOS DEL CREADOR.

Sobre aquello que es interrogado o se interroga, Mauricio marca una línea de tiempo. Volver como un momento necesario para reconstruir y proyectar. 

Nació en San Martín, Provincia de Buenos Aires y vivió allí hasta los 25 años. Cuenta que el teatro fue el imán que lo trajo a Capital Federal y que le permitió salir del hogar y empleo familiar luego de la muerte de su padre. Otra marca la sitúa en la dictadura militar. Sin trabajo, sin militancia y sin teatro se abre camino nuevamente en el comercio y resuelve. A los 30 años empieza a pedir ayuda, a tratar de entender cuáles eran sus posibilidades, a buscar alternativas que le propicien volver al teatro. Con un amigo arma un mapa de ruta y el teatro lo invade todo. Comienza con la docencia y retoma la dramaturgia que luego le propiciará la dirección. Volver sobre sus pasos es un ejercicio que realiza, así también lo hace con San Andrés, el lugar al que también vuelve para transitar sus calles e imaginar escenarios posibles. “Mi escritura no es urbana, es pueblerina. Hay algo distinto en el modo de comprender el sentido del tiempo que a mí me atrae. Cuando tengo que imaginar una situación seguramente la imagino en algún lugar fuera de la vorágine de la ciudad. Mi imaginario de ciudad está abolido, está trabado. Durante muchos años escribí sobre San Andrés, el paraíso de la infancia como universo proveedor”.

Tenemos el tiempo del sistema, las demandas, el tiempo virtual ¿Cómo hacés uso del tiempo en tus momentos de creación?

-Cada proceso tiene su propio devenir. Yo tengo naturalmente un tiempo del sistema, del trabajo, las clases, todo lo que no está reglado por el propio deseo sino que de alguna manera está predeterminado. Luego tengo tiempo libre, que en general me lo llevan las plantas, internet, investigar o boludear en una red social. Y cada tanto tengo accesos de entusiasmo. De pronto me enamoro y aparece esa imagen y empieza a rondar. Lo que hago es manotear un cuadernito y empiezo a borronear alguna de esas ideas, ese entusiasmo lleva siempre a generar un tercer estado del tiempo que no es ni el tiempo ocupado, ni el disponible, es el tiempo liberado. Es un tiempo que yo libero del sistema y del otro también. Es claramente un tiempo sagrado, tiempo abolido y el tiempo pasa y yo me siento a escribir. Al principio empiezo con los acopios. Son procesos largos, muy felices porque son empujados por el deseo. Podés fluir mucho, no te traban las estructuras, no tenés dilema, lo que viene, sirve. Después viene un tiempo más jodido en el que hay que sentarse a escribir la obra. Fluir es más difícil porque hay que tomar determinaciones a cada momento, porque hay que elegir, porque hay que decir esto me conviene y esto no, hay que aceptar los fracasos de esto no me sale. En esta instancia necesito una organización diferente y allí lo que hago es liberar tiempos completos. Me rajo de Buenos Aires a mi casa en la costa y dejo que el tiempo se ponga completo al servicio de la escritura. Y luego, una tercera época que es la de corregir. Es más relajada porque sé que se puede ir corrigiendo continuamente, no dudo en la corrección. En mi caso viene luego un nuevo desafío, montar la obra.

¿Y una vez que definís el texto?

-Viene otro tiempo más complicado porque ahora ya tenés que compartir con otros y como director también tenés que contener, y uno a gatas contiene su propia angustia. Yo lo llamo una época de engorde y cría. No hay proceso de dirección en el que yo no haya engordado por lo menos 5 kilos, son momentos de mucha ansiedad y son por lo menos seis meses de trabajo. En mi caso es el tiempo más angustiante justamente porque lo social te obliga a jugar roles, a especular, a mirar las dificultades. El trabajo de un dramaturgo que además dirige es una especie de ruleta rusa interminable. En mi caso en una obra entre desarrollarla, escribirla y montarla me lleva dos años.

¿Cómo decidís al equipo de trabajo?

-Es muy importante porque es un equipo con el que voy a convivir. En mi caso elijo a los actores por los trabajos que vi de ellos y por la cercanía o no con lo que yo me propongo contar en la obra. El actor tiene una intuición muy poderosa y es el que está arriba del escenario y resuelve, por eso para mí es tan importante. El director, en cambio, trata de volver todo homogéneo, busca cuáles son las dificultades y las destraba. Con Terrenal empezamos la 7° temporada  y es una convivencia. Nos vamos del teatro y nos juntamos a comer. Cuando esto pasa se hace muy fácil porque hay una comprensión afectuosa del proyecto.

“EL TEATRO ES UN ORGANISMO POÉTICO”.

Tu modo de escribir se sale de las convenciones ¿Qué podés decir del lenguaje Kartun?

-Tiene que ver con aceptar al teatro como organismo poético. El teatro en cierta zona de su función más entretenedora abandonó algo que era tradición. El teatro tiene 2400 años y yo te diría que durante 2300 años el teatro fue un lugar de producción poética. En el último siglo, a partir de la aparición del cine, empezó como una especie de predominio del realismo y del naturalismo en el que las hipótesis más metafóricas, más poéticas, empezaban a aparecer como anacrónicas. El cine por otro lado creó un modelo realista/naturalista muy poderoso y el teatro empezó de esa manera a intentar parecerse. Yo, desde siempre comprendí que el fuerte de mi deseo y luego de mi producción estaba en el procedimiento poético y que así lo habían comprendido muchos autores. Una vez leí que Tennessee Williams decía “soy un poeta, que la poesía no la escriba en verso no me hace menos poeta que otro”. Creo efectivamente que mi trabajo es un trabajo poético, que me expreso a través de un mecanismo /procedimiento poético y el procedimiento poético produce múltiples lecturas. 

Si pensamos en el cine podemos decir que es una experiencia singular, uno está acompañado pero hay una relación con la imagen de la que nada se dice. En el teatro está el acontecimiento y la experiencia compartida entre platea y escenario ¿Cómo pensás este fenómeno?

– Responde al fenómeno del convivio. El sábado estaba viendo un espectáculo “Enamorarse es hablar corto y enredado” que es encantador. Lo que me pasaba es que yo miraba alrededor y veía gente que hacía gestos y es poco común. En el cine no pasa que uno tenga tal compromiso con lo que ve que se tape la boca por vergüenza, por ejemplo. Era muy curioso y yo miraba al costado y abajo y lo que veía era gente físicamente comprometida con lo que estaba pasando. En el fenómeno del convivio hay una convivencia y el cuerpo de manera inconsciente responde de una manera viva. En el teatro se torna interesante. 

¿Cómo te llevás con el uso de la tecnología en el teatro?

-Yo no me llevo bien pero no me llevo bien de puro prejuicio. Toda tecnología nace con fecha de caducidad, necesita ignorarla porque si no lo hace no se produciría el fenómeno económico. El teatro en cambio es non plus ultra, lo que nosotros hacemos hoy no es tan diferente de lo que hacían los griegos hace 2400 años, las convenciones siguen siendo las mismas. Lo interesante del teatro es ver cómo sin agregarle nada de afuera, sigue creciendo. Nosotros decimos a veces en la creación: el proceso creador se cumple dentro del objeto creado, se hace a sí mismo, es autopoiético ¿Cómo lo hace? Modificando convenciones. Siempre está creando convenciones internas que hacen que algo sea totalmente distinto. Es tan desafiante basarse en algo de hace 2400 años y decir con este mismo mecanismo yo sigo seduciendo, sigo contando, sigo atrapando, sigo haciendo reír. Mezclarle lo tecnológico da siempre la sensación de facilismo, sorprende la primera vez y luego deja de sorprender. Yo me acuerdo cuando aparecieron las proyecciones, al principio parecía una gran sorpresa por la utilización del nuevo elemento, la quinta vez que lo veías ya no gustaba. Yo apuesto siempre a un teatro que encuentre dentro de sus propios recursos tradicionales la posibilidad de resolver.

También podemos decir que con estos recursos no se produce el placer de la imaginación.

-Efectivamente. El gran placer que produce el teatro es la activación de la imaginación, no es fácil y hay gente que no está dispuesta a aceptar el juego y no la pasa bien. El gran desafío está en hacerlo de la manera más provocadora posible. Si resuelvo con el uso de la tecnología la primera vez es deslumbrante pero luego la obra se pierde porque la cabeza se va a analizar el mecanismo de funcionamiento de eso que lo produce. Lo poético no falla nunca ¿Qué es lo otro? Truco.

La sexualidad, el desnudo y las muestras violentas en el escenario ¿Creés que responden también a esta lógica de lo fácil? 

-Pasa lo mismo con las situaciones de muerte. El sexo y la muerte necesitan una representación. He visto espectáculos con sexo en vivo y eran absolutamente grotescos. En realidad uno no veía el sexo de los personajes sino se imaginaba cómo los actores se bancan eso, es decir la cabeza está escandalizada pero no está en continuidad con lo que sucede ahí. Con la muerte pasa lo mismo, todas las muertes fingidas en el teatro, se vuelven ingenuas, poco interesantes. Cuando las muertes están aludidas – sucede en otro lado pero uno tiene los elementos para imaginarlo –  se vuelven extraordinariamente poderosas. El gran poder del teatro está en su capacidad de alusión. Cuando alude puede crear cosas extraordinarias, cuando muestra está siempre dentro de los límites de la pobreza que puede mostrar ¿Cuál es la riqueza de una pareja mostrando sexo cuando hoy uno tiene casi que eludir en internet la posibilidad de verlo? El poder del teatro está en hacer imaginar, en encontrar los elementos, que además son los elementos que en la vida nos perturban.

ARTE Y POLÍTICA.

El arte en su función política interpela y revela ¿Creés que el Estado muchas veces no le da el lugar que le corresponde a la cultura para no ser descubierto?

-En principio los fenómenos políticos del manejo de la cultura están presentes te diría en toda la historia. Para nuestra desgracia siempre el poder ha intentado manejar a la cultura porque la cultura entre otras cosas es comunicación y el poder depende mucho de este fenómeno. Lo que yo veo es que hay algo extraordinariamente intransigente en el campo de la cultura de estar continuamente denunciando. Hay un estado de rebeldía continua que lo vuelve para el poder inmanejable y peligroso y que no saben muy bien qué hacer con ella, el teatro en ese sentido no es ajeno. El poder muchas veces no sabe qué hacer con la cultura entonces da dinero pero no genera proyectos. El poder debe crear proyectos y son muy pocos los gobiernos que han sabido con claridad qué hacer con la cultura.

Es difícil encontrar funcionarios en el campo del arte. Se necesita alguien que tenga una sensibilidad natural y también capacidad de gestión y que por otro lado tome ese desafío, tome esa propuesta por algo más que sus necesidades económicas o narcisistas. Así también tiene que tener un compromiso tal que sepa que eso que hace tiene que trascender.

Mauricio trazó un mapa de ruta de su creación, volvió sobre sus pasos, proyecto futuro, dio pistas: “En la  creación artística si uno no aprende a convivir con la incertidumbre y con el fracaso no tiene futuro. Aquellos que quieren trabajar exclusivamente en un campo de la certidumbre se frustran al poco tiempo. Si se tiende a crear mecanismos de cierta banalidad que pueden ser resueltos sin grandes esfuerzos entonces lo que se crea es algo vano, superficial, porque no genera riesgo. Pero esto sobrelleva una segunda hipótesis de fracaso, te va a ir mal porque eso no tiene profundidad, ni desafío. Yo en el tiempo entre el estreno de Terrenal y la escritura de la Vis Cómica que fueron tres años fracasé en tres proyectos de escritura. Este estado de incertidumbre es el estado en el que producimos siempre, como cada tanto después de dos o tres fracasos siempre ha venido uno que sale, simplemente lo que uno hace es seguir.

Aceptar el error es aceptar el concepto de errar, errar en el sentido de lo errabundo, del que va, del que está haciendo, probando, equivocándose, tomando algo de ese error como experiencia para lo que sigue”. 

El encuentro con Mauricio Kartun coincide con la vuelta de Terrenal en su 7° temporada en la sala Caras y Caretas como así también el regreso de La Vis Cómica en la Sala Cunill Cabanellas del Teatro san Martín. Todo lo que transmite es enseñanza y aprendizaje. 

El encuentro con Claudio Martínez Bel, narrado al comienzo de esta nota, atravesó estaciones y generó preguntas. Con Mauricio las estaciones fueron momentos de detención para encontrar respuestas donde también intercambiamos las tramas de las que estamos hechos.

Autora: Guillermina Garzia.